Miró a Valeria.
—Gracias.
La niña sonrió.
—¿Van a cenar el pavo?
—Ahora sí.
—Entonces ya está.
Sofía abrazó a su madre por la cintura.
Mariana respiró profundamente.
Pensó que ahí terminaría todo.
Pero Alejandro hizo una pregunta.
—¿Trabaja cerca?
Mariana dudó.
—En una fonda.
—¿Cocina?
—Un poco de todo.
—Mamá hace los mejores panes del mundo —interrumpió Sofía.
Mariana negó con una sonrisa avergonzada.
—No le haga caso.
—Sí es cierto —insistió la niña—. Y pasteles. Y empanadas. Y pan dulce.
Alejandro levantó las cejas.
—¿Es repostera?
—No profesional.
Mariana acomodó las bolsas.
—Mi madre horneaba y me enseñó desde pequeña. Hace años quería abrir algo mío, pero esas cosas cuestan dinero.
—¿Todavía le gustaría?
Mariana soltó una risa cansada.
—Claro.
Luego miró a Sofía.
—Pero ahora tengo prioridades diferentes.
Alejandro entendió.
—Lo imagino.
Se despidieron junto a la salida.