Una madre devolvió el pavo porque no podía pagarlo, pero una niña desconocida vio sus lágrimas y actuó

Mariana perdió su empleo fijo.

Desde entonces hacía turnos en una fonda cerca de una terminal de autobuses. Algunos días entraba a las seis de la mañana. Otros salía después de las diez de la noche.

Dependía de las horas disponibles.

Si alguien faltaba, ella aceptaba el turno.

Si necesitaban limpiar después del cierre, también.

No se quejaba.

Tenía a Sofía.

Eso era suficiente para levantarse todos los días.

Pero aquel diciembre había sido especialmente difícil.

Sofía había necesitado zapatos escolares nuevos.

El refrigerador del pequeño departamento que alquilaban había dejado de funcionar.

Y Mariana se había atrasado con una parte de la renta.

Por eso, cuando vio los pavos en oferta, hizo cuentas.

Pensó que quizá podría conseguir uno pequeño.

Quería que Sofía tuviera una cena parecida a las que recordaba con su padre.

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