Quería sentarse frente a ella y fingir, aunque fuera por una noche, que todavía podían celebrar sin contar cada moneda.
Pero las cuentas no perdonan.
Mariana tomó el carrito.
—Vamos, pequeña.
Sofía caminó a su lado sin decir nada.
Ninguna de las dos notó que, a pocos metros, una niña las observaba.
Se llamaba Valeria Torres y tenía siete años.
Estaba en el supermercado con su padre, Alejandro, un hombre de cuarenta y siete años que llevaba pantalón oscuro, camisa blanca y una chaqueta demasiado formal para hacer compras.
Alejandro tenía el teléfono en una mano.
Con la otra empujaba el carrito.
—Sí, envíame el documento esta tarde —decía mientras caminaba—. No, no mañana. Hoy.
Valeria tiró suavemente de su manga.
Alejandro levantó un dedo pidiéndole que esperara.
—Lo revisamos después de la reunión.