Alejandro guardó silencio.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque contó su dinero.
La niña bajó la voz.
—Y la otra niña dijo que podía quedarse sin regalo.
Aquello hizo que Alejandro guardara el teléfono.
Por primera vez desde que habían entrado al supermercado, dejó de mirar mensajes, correos y llamadas.
Observó a Mariana durante varios segundos.
La mujer llevaba un abrigo sencillo y gastado.
Sus tenis tenían marcas de uso.
Parecía cansada.
No dramáticamente triste.
Simplemente cansada.
Era la expresión de una persona acostumbrada a resolver un problema detrás de otro sin tener tiempo para preguntarse cuánto podía aguantar.
Alejandro conocía muchas cifras.
Dirigía un grupo comercial privado que distribuía alimentos y productos para tiendas en distintas ciudades.
Cada día revisaba ventas, contratos, inventarios y resultados.
Sabía cuánto había aumentado el costo de transporte.