Una madre devolvió el pavo porque no podía pagarlo, pero una niña desconocida vio sus lágrimas y actuó

Sabía qué sucursales vendían más.

Sabía cuánto podían mejorar los márgenes si reducían ciertos gastos.

Pero hacía mucho tiempo que no observaba a una persona desconocida con verdadera atención.

Valeria volvió a hablar.

—¿Podemos ayudarla?

Alejandro la miró.

—No sabemos si quiere ayuda.

—Podemos preguntarle.

—Tal vez se sienta incómoda.

Valeria pensó unos segundos.

—Entonces dile algo bonito para que no se sienta mal.

Alejandro sonrió ligeramente.

Era una solución infantil.

Y, al mismo tiempo, tenía más sentido que muchas de las respuestas complicadas que escuchaba durante sus reuniones.

—Está bien —dijo.

Mariana ya avanzaba hacia las cajas cuando escuchó una voz detrás.

—Disculpe.

Se giró.

Alejandro estaba a unos pasos.

Valeria permanecía junto a él.

—¿Sí?

—Creo que dejó algo.

Mariana miró automáticamente hacia el carrito.

—No, gracias. No olvidé nada.

Alejandro señaló hacia el congelador.

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