Sonrió con tristeza.
—Yo antes era más parecido a ella.
—¿Y qué cambió?
—Me encerré.
Ricardo respiró hondo.
—Cuando salimos de la parroquia aquella noche, te vi antes que Sofía.
Mariana no respondió.
—Te vi y pensé: “Qué terrible”. Después pensé en la cena. En llegar tarde. En llamar a mi mamá. En los regalos.
Se pasó una mano por la frente.
—Iba a seguir caminando.
—Ricardo…
—Déjame terminar.
Ella asintió.
—Mi hija te vio y no pensó en nada de eso. Solo vio a alguien que necesitaba ayuda.
Mariana recordó aquellos pequeños brazos rodeando su cuello.
—Sofía hizo lo que yo debí hacer sin necesitar que nadie me lo explicara.
Ricardo sonrió.
—Y me recordó el hombre que quería volver a ser.
Mariana tomó su mano sobre la mesa.
—Ustedes me salvaron.
Él negó con la cabeza.
—Tú también hiciste algo por nosotros.