Una niña abrazó a una joven descalza en Nochebuena, pero nadie imaginaba lo que ocurriría después

—Yo no hice nada.

—Nos dejaste ayudarte.

Mariana soltó una pequeña risa.

—No parece gran cosa.

—A veces sí lo es.

Seis meses más tarde, Mariana cerró la puerta de un pequeño departamento rentado a su nombre.

Era modesto.

Una habitación.

Una cocina diminuta.

Un sofá usado que Elena había encontrado.

Dos plantas en la ventana.

Y varios dibujos de Sofía pegados en el refrigerador.

Mariana había conseguido un ascenso en el trabajo.

Había recuperado contacto con una antigua amiga de sus años de estudios.

Incluso comenzó a asistir los sábados a un pequeño taller de dibujo en un centro comunitario.

Aquella tarde era domingo.

Y los domingos significaban una sola cosa.

Cena en casa de Elena.

Se había convertido en una tradición.

Elena cocinaba demasiado.

Ricardo decía que comería poco y terminaba repitiendo.

Sofía contaba historias interminables sobre el preescolar.

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