Una niña abrazó a una joven descalza en Nochebuena, pero nadie imaginaba lo que ocurriría después

Mariana casi siempre llevaba un postre.

Era extraño.

Ocho meses antes no tenía un lugar al que llamar hogar.

Ahora tenía dos.

Cuando llegó, Sofía abrió la puerta antes de que pudiera tocar por segunda vez.

—¡Mariana!

La niña se lanzó contra su cintura.

—Yo también te extrañé.

—Tengo que enseñarte algo.

—¿Qué cosa?

—Un dibujo.

Sofía salió corriendo hacia la sala y regresó con una hoja enorme.

Había tres figuras.

Una niña pequeña.

Un hombre alto.

Una mujer con cabello largo.

—Somos tú, papá y yo —explicó Sofía.

Mariana sintió un nudo en la garganta.

—¿Y tu abuela?

Sofía frunció el ceño.

—No cabía.

Elena gritó desde la cocina:

—¡Qué conveniente!

Todos rieron.

Ricardo apareció detrás de su hija.

—Hola.

—Hola.

Durante aquellos meses, la forma en que Ricardo miraba a Mariana también había cambiado.

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