—Pero tal vez pueda ayudar a que una parte de esto pese menos.
Mariana lloró en silencio.
Finalmente me dijo cuánto debía.
Era una cantidad que habría asustado a casi cualquiera.
Entre pagos atrasados, tratamientos, estudios y otros gastos, la cifra se acercaba a los novecientos mil pesos.
Además, todavía quedaban meses de tratamiento.
Hice cuentas mentalmente.
Si ayudaba con todo, mis ahorros quedarían muy reducidos.
No en cero.
Pero sí perdería gran parte de lo que había guardado durante décadas.
Pensé en mi departamento.
En mi vieja camioneta.
En mis cenas de sopa y pan.
Mi vida no cambiaría demasiado.
Sofía, en cambio, podía perderlo todo.
—Está bien —dije.
Mariana me miró.
—¿Qué está bien?
—Yo lo cubro.
Se quedó mirándome como si no hubiera escuchado correctamente.
—¿Cómo?
—Voy a pagar lo pendiente.
—No.
—Y veremos cómo cubrir lo que siga.