—No.
—Mariana…
Se levantó.
—No puede.
—Sí puedo.
—¡Es demasiado dinero!
—Lo sé.
—¡Son los ahorros de toda su vida!
—También lo sé.
—¿Y si usted los necesita después?
La pregunta me hizo pensar.
Pero no mucho.
—Durante años creí que estaba ahorrando para algo.
Miré hacia la habitación donde dormía Sofía.
—Quizá era para esto.
Mariana empezó a llorar de nuevo.
—No entiendo.
—Yo tampoco.
Sonreí.
—Pero algunas cosas importantes llegan sin explicación.
Ella se sentó otra vez.
—No puedo aceptar algo así de un hombre que conocí ayer.
—Entonces deje de verme como un desconocido.
Levantó la mirada.
—Déjeme visitar a Sofía.
—¿Qué?
—No tengo familia.
Tragué saliva.
Era una frase que pocas veces decía en voz alta.
—Llevo muchos años solo.
Señalé los dibujos.
—Me gustaría saber cómo está. Traerle algún libro. Escuchar sus historias.