Mariana me observó durante un largo rato.
—No quiero que piense que tiene que comprar un lugar en nuestra vida.
—No quiero comprar nada.
—Entonces, ¿qué quiere?
Pensé en ello.
—Quiero que esa niña tenga oportunidad de crecer.
Las siguientes semanas fueron complicadas.
Revisamos cuentas.
Hablamos con el área administrativa del hospital y con quienes gestionaban los pagos.
Yo insistí en que el dinero era un regalo.
Mariana insistió en considerarlo una deuda.
Al final acepté porque comprendí que necesitaba sentir que algún día podría devolver algo.
Hicimos las cosas de manera clara y ordenada.
Yo pagué los adeudos.
Después reservé otra parte de mis ahorros para los gastos que todavía podían llegar.
Pero el dinero terminó siendo solo una parte de lo que cambió.
Comencé a visitar a Sofía.
Al principio iba una tarde por semana.
Luego dos.
Le llevaba cuentos, lápices de colores o algún pequeño muñeco para acompañar a su oso.