Mariana casi se enfadó.
—¡Ernesto!
—O para lo que quiera estudiar.
Sofía me miró.
—Quiero dibujar.
—Entonces para dibujar.
—Pero mi mamá dice que también tengo que estudiar.
—Tu mamá es más sensata que yo.
Mariana puso los ojos en blanco.
Hoy ya estoy retirado.
Mis manos tienen artritis y finalmente tuve que aceptar que pasar ocho horas diarias trabajando con herramientas ya no era buena idea.
Pero sigo ocupado.
A veces acompaño a familias con niños enfermos.
No doy consejos médicos.
No prometo soluciones.
Solo escucho.
Porque aprendí que eso también puede ser importante.
Mi departamento, que antes parecía demasiado silencioso, ahora está lleno de dibujos.
Tengo cartas.
Figuras de papel.
Fotografías.
Pequeños regalos hechos a mano.
Los domingos como con Mariana y Sofía.
Hace unos años, Mariana conoció a Daniel, un hombre tranquilo que trató a Sofía con respeto y paciencia desde el primer día.