Nunca pude reparar todos los problemas de Mariana.
Mucho menos curar a Sofía.
Eso lo hicieron los tratamientos, los profesionales que la atendieron y, sobre todo, la enorme fortaleza de aquella niña.
Yo solo tuve la suerte de aparecer junto a unas escaleras en el momento adecuado.
Y de escuchar cuando una niña decidió confiarme un secreto.
Siete años después, sigo pensando que fue el trabajo más importante de toda mi vida.
Y ni siquiera necesité una sola herramienta.