Una niña no podía subir las escaleras y el secreto que contó al mecánico cambió tres vidas para siempre

Cada vez que intentaba pensar en tuberías o conexiones, escuchaba aquella voz.

“Mi mamá llora todas las noches.”

“Las medicinas cuestan mucho.”

“Usted tiene ojos buenos.”

Durante las siguientes horas conocí algunas cosas sobre ellas.

La señora Teresa, una vecina mayor del departamento contiguo, bajó mientras yo trabajaba.

Era una mujer amable y habladora.

—¿Ya conoció a la niña?

—A Sofía.

—Pobrecita.

La mujer suspiró.

—Mariana está haciendo todo lo que puede.

No pregunté nada.

Pero Teresa continuó.

—Trabaja turnos dobles en un hospital. A veces llega tan cansada que apenas puede subir las escaleras.

Me quedé callado.

—La niña tiene leucemia.

Sentí un golpe en el pecho.

Miré hacia las herramientas.

—¿Desde cuándo?

—Casi un año.

La señora Teresa negó con la cabeza.

—El padre se fue poco después del diagnóstico. Mariana quedó prácticamente sola.

No hizo falta explicar mucho más.

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