Una niña sin hogar enseñó álgebra a mi hija tras una reja, pero lo que descubrí después me dejó sin palabras

Su ropa para trabajar estaba guardada entre varias bolsas.

Además tenía que cuidar a Mariana.

—He llenado más solicitudes de las que puedo contar —me dijo—. No quiero que nadie nos mantenga. Quiero trabajar.

Esa frase me hizo pensar.

—¿Qué trabajo hacía exactamente?

Me explicó sus responsabilidades.

Mientras hablaba, me di cuenta de algo.

Yo financiaba desde hacía algunos años un pequeño programa de apoyo para familias que atravesaban dificultades temporales.

No llevaba el día a día.

Otras personas se encargaban.

Precisamente necesitábamos a alguien que pudiera organizar actividades, coordinar horarios y poner orden en varios procesos que funcionaban bastante mal.

Elena tenía el perfil.

—Tengo una propuesta —le dije.

Me miró con desconfianza.

—No le voy a regalar una vida.

Aquello llamó su atención.

—Le puedo ofrecer una oportunidad para reconstruir la suya.

Le expliqué que había un puesto administrativo real.

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