—Usted perdió a su hijo. Yo perdí a mis padres. Déjeme trabajar sus tierras.-lbsuong

Facundo era el último propietario de aquella zona que todavía se negaba a vender.

—Esta finca produce pérdidas —dijo Lorenzo—. Usted lo sabe.

—Producía pérdidas.

El empresario miró hacia Camilo.

—¿Y este muchacho piensa cambiar eso?

Camilo mantuvo la calma.

—Estamos trabajando.

Lorenzo soltó una carcajada.

—Los milagros cuestan dinero.

Facundo golpeó el suelo con la punta de su bastón.

—Mi finca no está en venta.

Lorenzo guardó lentamente los documentos.

Antes de irse, miró directamente a Camilo.

—Los empleados inteligentes saben cuándo una empresa está condenada.

Camilo respondió sin moverse.

—Los hombres inteligentes también saben cuándo una puerta está cerrada.

Lorenzo entrecerró los ojos.

Después subió a su camioneta.

La nube de polvo permaneció varios segundos después de su partida.

Camilo miró hacia Facundo.

—¿Cuánto debe?

El viejo permaneció callado.

—Don Facundo.

—Más de lo que quisiera.

Camilo sintió un peso en el estómago.

La finca tenía préstamos pendientes.

Los gastos médicos de Facundo después del accidente que le quitó movilidad habían consumido gran parte de sus ahorros.

Había vendido maquinaria.

También había vendido ganado.

Finalmente había hipotecado una sección de La Esperanza.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

Facundo miró sus manos.

—Cuatro meses.

Camilo dejó escapar lentamente el aire.

—Entonces no tenemos tiempo para trabajar despacio.

Desde aquel momento comenzó una carrera contra el calendario.

Camilo despertaba cuando todavía había estrellas.

Alimentaba los animales antes del amanecer.

Después trabajaba los campos hasta que el calor parecía quemarle los pulmones.

Por la tarde reparaba herramientas.

Por la noche revisaba cuentas junto a Facundo.

El anciano odiaba los números.

—La tierra no debería necesitar tantas cuentas.

—La tierra quizá no.

Camilo señalaba las hojas.

—El banco sí.

Encontraron maneras de reducir gastos.

Vendieron madera caída.

Camilo reparó personalmente el sistema de riego en lugar de contratar trabajadores.

También comenzó a llevar productos al mercado semanal del pueblo.

La primera mañana apenas vendieron tres cajas de tomates.

A la siguiente semana vendieron ocho.

Un mes después, varias familias esperaban específicamente los productos de La Esperanza.

Las cosas comenzaban a mejorar.

Hasta que llegó la sequía.

Durante veintitrés días no cayó una sola gota de lluvia.

El nivel del pozo descendió.

Los pastos se volvieron amarillos.

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