—Usted perdió a su hijo. Yo perdí a mis padres. Déjeme trabajar sus tierras.-lbsuong

El anciano cerró los ojos.

—No convierta su último trabajo en una tumba.

Facundo abrió los ojos bruscamente.

Camilo tragó saliva.

—Termínelo.

Durante varios segundos ninguno habló.

Después Facundo miró hacia una piedra grande junto a la estructura.

—Debajo de esa piedra hay una llave de hierro.

Camilo se agachó inmediatamente.

Encontró la llave.

—Abre una compuerta detrás del cerro.

Ese mismo día descubrieron una conducción antigua conectada a un manantial.

El agua todavía corría.

Gabriel había diseñado un sistema para almacenar suficiente agua durante los meses secos.

Nunca consiguió terminarlo.

Camilo trabajó durante nueve días.

Facundo permaneció junto a él cada mañana.

Al principio solo daba instrucciones.

Después comenzó a limpiar pequeñas piezas desde su silla.

Una tarde reparó una válvula usando herramientas viejas de Gabriel.

Cuando el depósito finalmente comenzó a llenarse, Facundo lloró sin esconderse.

Camilo tampoco dijo nada.

Dos días después pudieron regar los sembradíos.

El maíz sobrevivió.

La noticia se extendió por el pueblo.

Algunos vecinos comenzaron a acercarse para comprar productos directamente.

Otros ofrecieron ayuda.

Incluso antiguos trabajadores de La Esperanza regresaron voluntariamente durante la cosecha.

La finca parecía despertar.

Sin embargo, Lorenzo Barragán no estaba dispuesto a desaparecer.

Una mañana Camilo encontró varias cabezas de ganado fuera del corral.

La cerca occidental había sido cortada.

No estaba rota.

Había sido cortada limpiamente.

Dos animales desaparecieron.

Camilo siguió las huellas hasta el camino principal.

Allí desaparecían junto a marcas recientes de neumáticos.

Facundo entendió inmediatamente.

—Barragán.

—No podemos demostrarlo.

—No necesito demostrarlo para saberlo.

Camilo respiró profundamente.

—Entonces debemos protegernos.

Colocaron cadenas nuevas.

Instalaron lámparas.

Algunos vecinos prometieron vigilar los caminos durante las noches.

Pero Lorenzo tenía otra estrategia.

Tres semanas antes del vencimiento del préstamo, el banco envió una notificación.

La deuda era mayor de lo esperado.

Existían intereses atrasados que Facundo no había comprendido completamente.

La cantidad necesaria casi duplicaba sus cálculos.

Facundo dejó caer la carta.

—Se terminó.

Camilo la leyó tres veces.

—Todavía no.

—No tenemos ese dinero.

—Tenemos cosecha.

—No suficiente.

Camilo caminó hacia la puerta.

—Entonces venderemos directamente en la ciudad.

Facundo negó con la cabeza.

—No tenemos transporte.

—Conseguiremos uno.

Camilo pasó aquella tarde hablando con vecinos.

El carnicero prestó una camioneta.

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