—Usted perdió a su hijo. Yo perdí a mis padres. Déjeme trabajar sus tierras.-lbsuong

Las hojas del maíz comenzaron a doblarse.

Camilo miraba cada tarde el horizonte esperando nubes que nunca llegaban.

—Perderemos la mitad —dijo una noche.

Facundo permaneció silencioso.

—Tal vez más.

Camilo golpeó la mesa.

—Tiene que existir otra fuente de agua.

Facundo miró hacia la ventana.

—Había una.

Camilo levantó la cabeza.

—¿Dónde?

El viejo tardó en responder.

—En la parte norte.

Aquella zona llevaba abandonada desde la muerte de Gabriel.

Camilo nunca entendió por qué Facundo evitaba pasar cerca.

Ahora finalmente lo comprendió.

—Gabriel estaba construyendo un depósito allí.

Camilo sintió inmediatamente esperanza.

—Entonces podemos terminarlo.

—No.

—Don Facundo.

—Dije que no.

Camilo se levantó.

—¿Prefiere perder los cultivos?

Facundo golpeó la mesa.

—¡No entiende!

—Entonces explíqueme.

El anciano apretó ambos puños.

—Fue el último proyecto que hicimos juntos.

El silencio llenó la cocina.

—Trabajamos durante meses —continuó Facundo—. Nunca lo terminamos porque comenzamos aquella maldita discusión.

Camilo habló con suavidad.

—Quizá por eso debemos terminarlo.

Facundo levantó los ojos.

—No toque ese lugar.

Camilo salió sin responder.

Aquella noche no durmió.

Pensó en sus propios padres.

Su madre murió primero.

Una enfermedad rápida que convirtió tres meses en una despedida demasiado corta.

Su padre sobrevivió menos de un año.

Después Camilo perdió la pequeña parcela familiar por deudas acumuladas.

Había caminado durante semanas buscando trabajo porque no soportaba quedarse mirando tierras que ya pertenecían a otra persona.

Comprendía el dolor de Facundo.

Pero también sabía algo.

Los muertos no regresaban porque los vivos dejaran de avanzar.

Al amanecer tomó el azadón.

Caminó hacia la parte norte de la finca.

Encontró el viejo depósito cubierto de plantas.

La estructura estaba incompleta, pero todavía parecía sólida.

También descubrió tuberías antiguas enterradas.

Trabajó solo durante horas.

Al mediodía escuchó las ruedas de una silla sobre la tierra.

Facundo apareció detrás de él.

Estaba furioso.

—Le dije que no viniera.

Camilo siguió retirando maleza.

—Lo escuché.

—Entonces váyase.

Camilo dejó el azadón.

—No.

Facundo quedó inmóvil.

Era la primera vez que Camilo lo desobedecía directamente.

—Puede echarme después —continuó el joven—. Pero primero vamos a salvar el maíz.

Facundo temblaba.

—Ese lugar era de mi hijo.

—Precisamente.

Camilo señaló las paredes del depósito.

—Él empezó esto para salvar la finca.

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