—No quiero que te quedes con una idea equivocada por lo del sábado —me dijo—. Rodrigo sólo nos ayuda porque Alejandro viaja mucho.
—Claro.
Ella parecía tranquila hasta que mis ojos bajaron hacia su muñeca.
Al darse cuenta, escondió la pulsera debajo de la manga.
—Está bonita —comenté.
—La compré por internet. Fue barata.
Antes de que pudiera responder, Camila habló mientras comía una fresa:
—Mamá, esa es la pulsera que te regaló el tío Rodrigo.
El rostro de Valeria perdió el color.
—Camila, no inventes.
—Pero yo estaba contigo cuando te la dio.
Valeria recogió sus cosas pocos minutos después y se marchó.
Aquella noche Rodrigo salió al balcón para responder una llamada.
Desde la cocina escuché claramente:
—No te preocupes. Ella no sabe nada.
Entonces dejé de buscar explicaciones.
Empecé a buscar pruebas.
Descubrí transferencias, compras y ausencias que coincidían. Camila, con la inocencia de una niña, incluso me contó que “el tío Rodrigo” visitaba mucho su casa cuando su papá estaba trabajando fuera.