—No —dijo una voz bajita, pero firme, desde la cabecera—. No se fue en la luz.
Todos volteamos.
Era Sofía.
Por primera vez había hablado fuerte.
Y justo en ese momento, sonó mi celular.
Era una videollamada.
Contesté en altavoz.
—¿Ya estás adentro, mija? —se escuchó la voz de mi papá.
Todos se quedaron helados.
Don Rogelio seguía sentado frente a mí, pero la voz venía del teléfono.
No era él.
Era don Chuy, el vecino de enfrente, el que vende tamales en la esquina desde hace treinta años.
El hombre que me había estado marcando durante dos semanas y al que yo no le había contestado porque pensé que era un número equivocado.
Él era quien me había enviado el mensaje que me hizo tomar el primer autobús a Metepec sin avisar:
«Vente ya por tu niña, mija. Lo que le están haciendo no es de Dios».