—Pues es la verdad, ¿no? —soltó Karla—. Te fuiste cuatro meses. Cuatro meses sin una llamada, sin venir. Si tanto la querías, te la hubieras llevado al rancho con tu abuelita moribunda.
—Yo le marcaba diario —susurré—. Diario le marcaba y ustedes me decían que estaba dormida, que estaba en la escuela, que estaba con sus amiguitas.
—Se nos iba la onda contestar —dijo mi mamá.
Fue entonces cuando saqué el celular.
Les enseñé la pantalla.
Transferencias.
Cada quince días.
Ocho mil pesos.
Desde que me fui.
«Para Sofía, para su escuela, para su comida, para su ropa».
—¿Dónde está ese dinero, mamá? Porque mi hija está sin zapatos, durmiendo en el suelo y comiendo del aluminio junto al fregadero.
Mi mamá se puso pálida.
Karla se atragantó con el vino.
—Eso… eso se fue en los gastos de la casa… en la luz…