—¡Miren quién llegó! ¡La fugitiva! No le hagan caso a Sofi, es nuestra Cenicienta de la casa —gritó riéndose—. ¡Primero comen las visitas y al último los criados!
Un señor que no conocía soltó una risita incómoda.
Mi mamá, doña Carmen, se rio con orgullo.
Mi papá, don Rogelio, no levantó la vista del plato.
Había nueve personas sentadas a la mesa larga.
Nueve platos de talavera servidos hasta el tope, nueve copas, nueve sillas.
Ni un cubierto extra.
Ni una silla para mi hija.
Volteé a la cocina.
Sobre un banquito de plástico, junto al fregadero lleno de trastes sucios, había un plato tapado con aluminio.
Tortillas duras y una piernita de pavo toda fría.
Esa era su cena.
Para cuando todos terminaran.
—Levántate, mi amor —le dije.
Sofía no se movió de inmediato.
Primero buscó con los ojos a mi madre, pidiéndole permiso para ponerse de pie.