Esa mirada me dolió más que verle las manos agrietadas.
Era la mirada de una niña que ya no sabía si podía hacer algo sin que la regañaran.
Le quité el trapo de las manos, la levanté del suelo y la llevé cargando al comedor, aunque ya está grandecita.
Mi madre abrió los brazos para abrazarme, haciendo su teatro de madre abnegada.
Yo no la abracé.
Le quité la silla de la cabecera, la silla de la patrona de la casa, senté ahí a Sofía y le puse enfrente el plato de mi madre, el que tenía el muslo más grande, el puré y la salsa de gravy.
—Come, hija. Hoy tú vas primero, mi reina.
El comedor se quedó mudo.
A Karla se le congeló la sonrisa con la copa a mitad del aire.
—Terminen de cenar a gusto —les dije a todos, con la voz temblando, pero firme—. Porque será la última Nochebuena que mi hija pase en esta casa.