Doña Carmen soltó una risita seca.
—Ay, Valeria, después de abandonarla cuatro meses para irte a cuidar a tu abuelita, ahora vienes a hacerte la mamá perfecta.
Yo todavía no entendía hasta dónde llegaba su maldad.
Hasta que dijo lo siguiente, delante de todos, mirando a Sofía como si fuera una extraña:
—Si la niña quiere techo y comida en esta casa, que se lo gane. Aquí nadie vive de a gratis.
Lo que ellos no sabían era que yo no había regresado por nostalgia, ni porque extrañara el recalentado.
Alguien me había mandado llamar.
Alguien que lo había visto todo desde hacía semanas.
PARTE 2
—¿Que se lo gane? —repetí—. ¿De qué hablas, mamá? Tiene diez años.
Doña Carmen se acomodó el mandil como si fuera la dueña de un restaurante y no la abuela de la niña que tenía de sirvienta.