—Ay, Valeria, no te hagas. Tú te fuiste muy campante a Oaxaca a cuidar a tu abuela enferma y me dejaste el paquete. ¿Qué querías? Yo ya estoy grande para andar cuidando chamacas. Tu hermana me ayuda con los gastos de la casa, los invitados dejan dinero. Tu hija tenía que hacer algo útil. No es maltrato, es disciplina. Así aprendimos nosotras.
Karla se cruzó de brazos, divertida.
—Wey, no seas exagerada. No la tenemos encadenada. Solo le enseñamos a ser agradecida. Le damos techo, le damos comida y nos ayuda con la casa. En mi casa mi muchacha hace lo mismo y nadie anda llorando en Facebook.
—Ella no es tu muchacha, es tu sobrina —le dije, y por primera vez en mi vida le levanté la voz a mi hermana.
Don Rogelio, mi papá, seguía callado, partiendo el pavo como si no escuchara.
Ese silencio me dolió más que los gritos.