Ahí estaba un colchón delgado en el suelo, sin cobija, y su mochila de la escuela.
Junto al colchón, su cuaderno de español.
Lo abrí.
En la última página había escrito con letra temblorosa:
«Mami, ¿cuándo vienes por mí? Dice mi abuelita que tú ya no me quieres y que me va a mandar a un internado si no trabajo bien».
Sentí que el piso se me abría.
Regresé al comedor con el cuaderno en la mano.
—¿Desde cuándo le dices que la voy a mandar a un internado? ¿Desde cuándo le dices que no la quiero?
—Pues es la verdad, ¿no? —soltó Karla—. Te fuiste cuatro meses. Cuatro meses sin una llamada, sin venir. Si tanto la querías, te la hubieras llevado al rancho con tu abuelita moribunda.
—Yo le marcaba diario —susurré—. Diario le marcaba y ustedes me decían que estaba dormida, que estaba en la escuela, que estaba con sus amiguitas.