Volví a casa en nochebuena sin avisar y encontré a mi hija de 10 años de rodillas, boleando botas ajenas. mi hermana se burló: “es nuestra sirvienta, primero comen las visitas”. Había 9 platos en la mesa… Ninguno era para ella. lo que hice después y quién me había mandado llamar dejó a todos helados.

—Se nos iba la onda contestar —dijo mi mamá.

Fue entonces cuando saqué el celular.

Les enseñé la pantalla.

Transferencias.

Cada quince días.

Ocho mil pesos.

Desde que me fui.

«Para Sofía, para su escuela, para su comida, para su ropa».

—¿Dónde está ese dinero, mamá? Porque mi hija está sin zapatos, durmiendo en el suelo y comiendo del aluminio junto al fregadero.

Mi mamá se puso pálida.

Karla se atragantó con el vino.

—Eso… eso se fue en los gastos de la casa… en la luz…

—No —dijo una voz bajita, pero firme, desde la cabecera—. No se fue en la luz.

Todos volteamos.

Era Sofía.

Por primera vez había hablado fuerte.

Y justo en ese momento, sonó mi celular.

Era una videollamada.

Contesté en altavoz.

—¿Ya estás adentro, mija? —se escuchó la voz de mi papá.

Todos se quedaron helados.

Don Rogelio seguía sentado frente a mí, pero la voz venía del teléfono.

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