Sofía comía con la cabeza agachada, a puñitos, como si tuviera miedo de que le quitaran el plato.
Le temblaban los hombros.
Me agaché y le vi los pies. Traía unas calcetitas delgadas, sin zapatos, sobre el piso frío de diciembre.
—¿Dónde están tus tenis, mi amor?
—Se los presté a… —miró a Karla— a mi tía para su hijo.
Karla ni se inmutó.
—Es que al mío ya no le quedaban y pues para qué quiere tenis nuevos si ni sale.
Me paré y fui a su cuarto, al que era su cuarto.
La puerta estaba abierta.
Ya no era su cuarto.
Había maletas de invitados, abrigos colgados sobre su cama, una bocina.
Su ropa estaba en bolsas de basura en el rincón.
Su cama, sin sábanas.
Fui al cuartito de lavado, el que siempre usamos para guardar el tilichero.