No era él.
Era don Chuy, el vecino de enfrente, el que vende tamales en la esquina desde hace treinta años.
El hombre que me había estado marcando durante dos semanas y al que yo no le había contestado porque pensé que era un número equivocado.
Él era quien me había enviado el mensaje que me hizo tomar el primer autobús a Metepec sin avisar:
«Vente ya por tu niña, mija. Lo que le están haciendo no es de Dios».
Y detrás de él, en la videollamada, se veían dos personas más.
Una era la maestra de Sofía.
La otra traía una credencial del DIF colgando del cuello.
—Ya estamos afuera de la casa, Valeria. ¿Nos abres la puerta? —dijo la licenciada.
Mi mamá tiró su servilleta al piso.
Karla se levantó de golpe, tirando su silla.