—Come, hija. Hoy tú vas primero, mi reina.
El comedor se quedó mudo.
A Karla se le congeló la sonrisa con la copa a mitad del aire.
—Terminen de cenar a gusto —les dije a todos, con la voz temblando, pero firme—. Porque será la última Nochebuena que mi hija pase en esta casa.
Doña Carmen soltó una risita seca.
—Ay, Valeria, después de abandonarla cuatro meses para irte a cuidar a tu abuelita, ahora vienes a hacerte la mamá perfecta.
Yo todavía no entendía hasta dónde llegaba su maldad.
Hasta que dijo lo siguiente, delante de todos, mirando a Sofía como si fuera una extraña:
—Si la niña quiere techo y comida en esta casa, que se lo gane. Aquí nadie vive de a gratis.
Lo que ellos no sabían era que yo no había regresado por nostalgia, ni porque extrañara el recalentado.