Alguien me había mandado llamar.
Alguien que lo había visto todo desde hacía semanas.
PARTE 2
—¿Que se lo gane? —repetí—. ¿De qué hablas, mamá? Tiene diez años.
Doña Carmen se acomodó el mandil como si fuera la dueña de un restaurante y no la abuela de la niña que tenía de sirvienta.
—Ay, Valeria, no te hagas. Tú te fuiste muy campante a Oaxaca a cuidar a tu abuela enferma y me dejaste el paquete. ¿Qué querías? Yo ya estoy grande para andar cuidando chamacas. Tu hermana me ayuda con los gastos de la casa, los invitados dejan dinero. Tu hija tenía que hacer algo útil. No es maltrato, es disciplina. Así aprendimos nosotras.
Karla se cruzó de brazos, divertida.
—Wey, no seas exagerada. No la tenemos encadenada. Solo le enseñamos a ser agradecida. Le damos techo, le damos comida y nos ayuda con la casa. En mi casa mi muchacha hace lo mismo y nadie anda llorando en Facebook.