Volví a casa en nochebuena sin avisar y encontré a mi hija de 10 años de rodillas, boleando botas ajenas. mi hermana se burló: “es nuestra sirvienta, primero comen las visitas”. Había 9 platos en la mesa… Ninguno era para ella. lo que hice después y quién me había mandado llamar dejó a todos helados.

—Ella no es tu muchacha, es tu sobrina —le dije, y por primera vez en mi vida le levanté la voz a mi hermana.

Don Rogelio, mi papá, seguía callado, partiendo el pavo como si no escuchara.

Ese silencio me dolió más que los gritos.

Sofía comía con la cabeza agachada, a puñitos, como si tuviera miedo de que le quitaran el plato.

Le temblaban los hombros.

Me agaché y le vi los pies. Traía unas calcetitas delgadas, sin zapatos, sobre el piso frío de diciembre.

—¿Dónde están tus tenis, mi amor?

—Se los presté a… —miró a Karla— a mi tía para su hijo.

Karla ni se inmutó.

—Es que al mío ya no le quedaban y pues para qué quiere tenis nuevos si ni sale.

Me paré y fui a su cuarto, al que era su cuarto.

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