—Ella no es tu muchacha, es tu sobrina —le dije, y por primera vez en mi vida le levanté la voz a mi hermana.
Don Rogelio, mi papá, seguía callado, partiendo el pavo como si no escuchara.
Ese silencio me dolió más que los gritos.
Sofía comía con la cabeza agachada, a puñitos, como si tuviera miedo de que le quitaran el plato.
Le temblaban los hombros.
Me agaché y le vi los pies. Traía unas calcetitas delgadas, sin zapatos, sobre el piso frío de diciembre.
—¿Dónde están tus tenis, mi amor?
—Se los presté a… —miró a Karla— a mi tía para su hijo.
Karla ni se inmutó.
—Es que al mío ya no le quedaban y pues para qué quiere tenis nuevos si ni sale.
Me paré y fui a su cuarto, al que era su cuarto.