La puerta estaba abierta.
Ya no era su cuarto.
Había maletas de invitados, abrigos colgados sobre su cama, una bocina.
Su ropa estaba en bolsas de basura en el rincón.
Su cama, sin sábanas.
Fui al cuartito de lavado, el que siempre usamos para guardar el tilichero.
Ahí estaba un colchón delgado en el suelo, sin cobija, y su mochila de la escuela.
Junto al colchón, su cuaderno de español.
Lo abrí.
En la última página había escrito con letra temblorosa:
«Mami, ¿cuándo vienes por mí? Dice mi abuelita que tú ya no me quieres y que me va a mandar a un internado si no trabajo bien».
Sentí que el piso se me abría.
Regresé al comedor con el cuaderno en la mano.
—¿Desde cuándo le dices que la voy a mandar a un internado? ¿Desde cuándo le dices que no la quiero?