Volví de Dubái un mes antes y mi cuñado me abrió la puerta de la casa que compré para mi madre, mientras ella fregaba de rodillas el patio. Él bebía whisky y soltó: «Si vienes a limpiar, entra por detrás». No discutí: llamé a mi abogado y puse los extractos sobre la mesa. Entonces encontré un recibo de farmacia rechazado… y un cargo de 1.180 euros solo 2 horas después.

—Espera… ¿tú eres Natalia?

Ella dejó la maleta en medio del salón.

—Sí. Y esta casa está a mi nombre.

El silencio fue inmediato.

—Tenéis 30 minutos para preparar lo imprescindible y salir.

Laura se levantó de golpe.

—No puedes echarnos. Llevamos 2 años viviendo aquí.

Álvaro sonrió, convencido de haber encontrado terreno firme.

—Exacto. No funciona así. Si quieres montar un numerito, llama a un abogado.

Natalia miró el reloj: 16:30.

—Eso haré.

Luego sostuvo la mirada de su cuñado.

—A las 21:00 vais a entender la diferencia entre vivir en una casa y adueñarse de la vida de quien os dejó entrar.

PARTE 2

Natalia llevó a Carmen a un hotel cercano, pidió una cena caliente y llamó a Javier Robles, el abogado que gestionaba sus asuntos en España. Le envió la escritura, transferencias bancarias y capturas de movimientos.

Javier fue tajante: nadie debía sacar a Laura y Álvaro por la fuerza. Si se negaban a irse, habría que iniciar el procedimiento legal correspondiente. Pero antes quería revisar algo más.

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