Esa misma tarde, alguien metió una llave en la cerradura de la casa.
Era Rubén.
Y llevaba otra carpeta bajo el brazo.
PARTE 3
Rubén entró llamando a su madre como hacía siempre.
—Mamá, ¿estás despierta?
No recibió respuesta. Elena lo esperaba en la cocina, sentada frente a una mesa donde había colocado copias de las autorizaciones bancarias que Nuria les había entregado. Carmen estaba en el salón, acompañada por Mateo, aunque podía oír cada palabra.
Rubén apareció en la puerta con una sonrisa que duró apenas 2 segundos.
—¿Qué pasa?
Elena señaló la carpeta.
—Déjala ahí.
—Son unos papeles para mamá.
—Ya sé qué clase de papeles llevas trayendo.
Rubén se quedó quieto.
Elena empujó hacia él una de las copias. En la parte superior aparecía el nombre completo de Carmen y, debajo, una autorización para que Rubén pudiera operar, consultar movimientos y realizar determinadas gestiones en su nombre.
—Explícamelo.
Rubén miró el documento y después la escalera.
—No es lo que parece.
—Entonces será muy fácil explicarlo.
—Mamá me pidió ayuda.
Carmen apareció desde el salón antes de que Elena pudiera responder. Caminaba despacio, apoyándose en un bastón que hasta aquella semana se había negado a usar.
—Yo te pedí que me compraras fruta y que llamaras al fontanero —dijo—. No te pedí acceso a mis cuentas.
Rubén apretó los labios.
—Mamá, no te pongas nerviosa.
La frase cayó peor que un grito.
Carmen se sentó frente a él.
—No vuelvas a decirme cómo tengo que sentirme.
Mateo permanecía en el umbral del salón, agarrando la manga de su sudadera. Elena lo vio y entendió que llevaba semanas contemplando escenas parecidas sin poseer las palabras para explicarlas.
Rubén dejó la carpeta sobre la encimera.
—Mi empresa está mal. Muy mal.
La historia salió a trozos. Dos comunidades de vecinos habían cancelado reformas grandes. Un promotor le debía varias facturas. Él, convencido de que el siguiente trabajo arreglaría el anterior, había seguido alquilando maquinaria, adelantando materiales y pagando nóminas con una línea de crédito cada vez más cara. Debía casi 24.000 euros entre proveedores, cuotas y préstamos.
—Solo necesitaba tiempo —dijo—. Si podía mover algo de dinero, lo devolvía en cuanto cobrara.