Abracé a mi esposo en el aeropuerto mientras se despedía para viajar a Londres por tres años. Él no sabía que yo había descubierto lo que escondía en su maleta.

Lo observé mientras colocaba los platos sobre la mesa.

Era el mismo hombre con quien había compartido dieciséis años.

Conocía sus gestos.

Su manera de hablar.

La forma en que doblaba las servilletas.

Y, sin embargo, de pronto me parecía un desconocido.

Durante la cena me habló de Londres.

De los proyectos que supuestamente iba a dirigir.

De los restaurantes que conoceríamos cuando yo viajara a visitarlo.

—Te prometo que no vamos a perder lo que tenemos —dijo.

Sentí ganas de llorar.

Pero recordé los documentos que había encontrado.

—¿Y si las cosas no salen como esperas? —pregunté.

Sonrió.

—Confía en mí.

Aquellas tres palabras me dolieron más que cualquier otra cosa.

Porque llevaba años confiando en él.

Y esa confianza había sido precisamente lo que intentaba aprovechar.

Antes de acostarnos, me abrazó.

—Voy a extrañarte muchísimo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *