Imaginé a desconocidos mirando la casa, contando mis carencias.
—No quiero que me exhiban.
Oso tardó en responder.
—Entonces lo hacemos como usted quiera. Pero déjenos trabajar a su lado.
Acepté con condiciones.
Nada de publicar mis documentos. Nada de prometer lo que no sabíamos si conseguiríamos. Y nadie entraría a la casa sin permiso.
—Entendido, doña Consuelo.
Yo pensé que regresarían los seis.
Quizá traerían a algunos amigos.
La mañana del treinta y uno escuché los motores antes de terminar de colar el café.
Salí al porche.
La primera fila apareció en la curva.
Detrás venían más motocicletas.
Y más.
Me quedé con el trapo de cocina entre las manos.
Oso se detuvo junto al portón, levantó la visera y sonrió.
—Buenos días. Venimos por el desayuno.
Miré el camino.
—¿Cuántos son?
—Ciento doce.