Abrí mi puerta a seis motociclistas durante una tormenta y el pueblo dijo que me quitarían todo; semanas después, cuando el banco estaba por quedarse con mi rancho, escuché regresar sus motores… pero esta vez eran ciento doce

Imaginé a desconocidos mirando la casa, contando mis carencias.

—No quiero que me exhiban.

Oso tardó en responder.

—Entonces lo hacemos como usted quiera. Pero déjenos trabajar a su lado.

Acepté con condiciones.

Nada de publicar mis documentos. Nada de prometer lo que no sabíamos si conseguiríamos. Y nadie entraría a la casa sin permiso.

—Entendido, doña Consuelo.

Yo pensé que regresarían los seis.

Quizá traerían a algunos amigos.

La mañana del treinta y uno escuché los motores antes de terminar de colar el café.

Salí al porche.

La primera fila apareció en la curva.

Detrás venían más motocicletas.

Y más.

Me quedé con el trapo de cocina entre las manos.

Oso se detuvo junto al portón, levantó la visera y sonrió.

—Buenos días. Venimos por el desayuno.

Miré el camino.

—¿Cuántos son?

—Ciento doce.

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