Abrí mi puerta a seis motociclistas durante una tormenta y el pueblo dijo que me quitarían todo; semanas después, cuando el banco estaba por quedarse con mi rancho, escuché regresar sus motores… pero esta vez eran ciento doce

Tuve que sentarme en el escalón.

Él se agachó frente a mí.

—También trajimos comida.

Eso consiguió hacerme reír.

Iván apareció detrás con unas botas nuevas, guantes y una cubeta.

—¿Dónde está mi compañera?

Señalé el establo.

Margarita mugió antes de que él llegara.

No todos se pusieron a trabajar al mismo tiempo.

Organizaron cuadrillas y me preguntaron qué era urgente.

Revisaron el tractor.

Arreglaron cercas.

Prepararon una parte del terreno para sembrar maíz y dejaron otra para más adelante, porque el suelo todavía no estaba listo.

Una mujer llamada Lorena llevaba la relación de materiales donados. Otro compañero anotaba los gastos y el dinero que entraba.

Querían que yo pudiera revisar todo.

Juana llegó con sus ayudantes y una camioneta llena de pan, café y empanadas. Montaron mesas bajo una lona.

Alguien preparó un letrero para explicar que las aportaciones eran voluntarias.

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