Yo insistí en cocinar.
Me dejaron encargarme del caldo, siempre que aceptara ayuda para cargar las ollas.
A media mañana el tractor arrancó.
El sonido atravesó el patio.
Me quedé inmóvil con el cucharón en la mano.
Manuel había intentado repararlo durante su último verano bueno. Lo recordé sentado junto al motor, prometiendo que al día siguiente funcionaría.
No sabía cuánto necesitaba volver a escucharlo hasta que ocurrió.
Oso se puso a mi lado.
No dijo nada.
Le agarré la mano.
El padre Rafael llegó cerca del mediodía con varias personas del pueblo.
Traía un pay envuelto en papel aluminio.
Me pidió hablar delante de quienes estaban ayudando.
—Juzgué sin conocer —dijo—. Y vine a advertirle a Consuelo sobre personas que ya estaban haciendo lo que nosotros no hicimos.
Nadie aplaudió enseguida.
Él tampoco lo buscó.
Después se quitó el saco y preguntó dónde hacía falta cargar mesas.