Abrí mi puerta a seis motociclistas durante una tormenta y el pueblo dijo que me quitarían todo; semanas después, cuando el banco estaba por quedarse con mi rancho, escuché regresar sus motores… pero esta vez eran ciento doce

Me despertó el olor a café.

Por un instante creí que mi esposo estaba en la cocina.

Después escuché a alguien discutir con un sartén.

Encontré a Oso preparando huevos y a Iván cortando pan con una concentración extraordinaria.

—Siéntese, doña Consuelo —dijo Oso—. Hoy la invitamos a desayunar.

—Qué generosos. En mi casa y con mis gallinas.

Se rieron.

La tormenta había aflojado, pero seguía siendo imposible bajar las motocicletas hasta la carretera.

Durante los dos días siguientes, aquellos hombres empezaron a reparar cosas que yo había aprendido a esquivar.

Una puerta que rozaba el piso.

Una canaleta desprendida.

El techo del cobertizo, hundido por el peso de la nieve.

Uno había trabajado en construcción; otro era mecánico. Encontraban herramientas que yo creía perdidas y me preguntaban antes de cambiar nada.

A Iván le tocó ayudar con Margarita.

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