Me despertó el olor a café.
Por un instante creí que mi esposo estaba en la cocina.
Después escuché a alguien discutir con un sartén.
Encontré a Oso preparando huevos y a Iván cortando pan con una concentración extraordinaria.
—Siéntese, doña Consuelo —dijo Oso—. Hoy la invitamos a desayunar.
—Qué generosos. En mi casa y con mis gallinas.
Se rieron.
La tormenta había aflojado, pero seguía siendo imposible bajar las motocicletas hasta la carretera.
Durante los dos días siguientes, aquellos hombres empezaron a reparar cosas que yo había aprendido a esquivar.
Una puerta que rozaba el piso.
Una canaleta desprendida.
El techo del cobertizo, hundido por el peso de la nieve.
Uno había trabajado en construcción; otro era mecánico. Encontraban herramientas que yo creía perdidas y me preguntaban antes de cambiar nada.
A Iván le tocó ayudar con Margarita.