—Nunca he ordeñado una vaca.
—Ella tampoco ha conocido a uno tan nervioso. Van parejos.
La primera vez derramó más leche de la que recogió.
La segunda salió del establo sonriendo, con Margarita siguiéndolo hasta el patio.
El padre Rafael llegó esa tarde.
Se quedó mirando los chalecos colgados cerca de la estufa.
—Consuelo, me dijeron que tenías visitas.
—Y yo pensaba que venías a preguntar cómo pasé la tormenta.
Aceptó una taza de café y un pedazo de pay de manzana.
Al salir me advirtió, en voz baja, que en el pueblo estaban preocupados.
Miré el cobertizo reparado.
—Diles que estoy bien.
Al tercer día salió el sol.
Yo estaba guardando platos cuando Oso apareció con una hoja en la mano. La había encontrado debajo de un manual del tractor que le pedí buscar.
Reconocí el sello del banco.
Se me endureció la voz.