Lucía lo observó largo rato.
—No me faltaba nada —respondió—. A ti te faltaba valor para vivir en el presente.
—También lo aprendí.
—Aprender no borra lo ocurrido.
—No. Solo impide repetirlo.
Ella subió al taxi sin promesas. Sin embargo, aquella noche recordó su voz sin que le doliera.
Pasaron 8 meses antes de volver a verse, esta vez en Lisboa, donde ambos coincidieron por trabajo. Cenaron durante 4 horas. Luego hubo otro encuentro en Buenos Aires y otro en Sevilla. Nunca llamaron destino a lo que podía explicarse con billetes comprados y decisiones conscientes.
Se conocieron como no lo habían hecho durante el matrimonio. Álvaro descubrió que el color favorito de Lucía era el verde y que siempre elegía ventana cuando viajaba como pasajera. Ella supo que él odiaba el cilantro, tocaba el piano cuando estaba nervioso y llamaba a su hermana cada domingo desde que inició terapia.