Laura lo miró apenas un segundo.
—Con ese teléfono no puede usar la aplicación.
El anciano bajó la mirada.
Detrás de mí, alguien suspiró fuerte. Otra persona murmuró algo como: “Siempre pasa lo mismo con los mayores”. Yo no dije nada, pero tampoco hice nada. Y a veces eso es casi lo mismo.
Don Manuel abrió una cartera de piel vieja. Sacó una tarjeta bancaria y un papel doblado muchas veces. Intentó alisarlo con los dedos, pero le temblaban.
—Creo que aquí tenía apuntado el número —dijo—. Mi mujer lo escribía todo mejor que yo.
Laura se inclinó un poco.
—No se lee bien.
—Ya —dijo él—. Desde que ella falta, en mi casa hay muchas cosas que no se leen bien.
Aquella frase me atravesó.
No fue dramática. No la dijo para dar pena. La soltó como quien dice una verdad sencilla, de esas que pesan más porque nadie las adorna.