Yo no estuve en todos sus turnos. Ninguno de nosotros podía atribuirse su recuperación. Hubo médicos que ajustaron tratamientos, enfermeras que vigilaron cambios mínimos y personal que estuvo pendiente cuando el cansancio pesaba.
Cuando por fin pudo hablar, tenía la voz débil.
Lo primero que preguntó fue qué día era.
—Viernes.
Cerró los ojos.
—Todavía llego.
Comprendí enseguida.
—Al cumpleaños.
Una lágrima se le deslizó hacia la almohada.
—Le prometí que iba a llevar el pastel.
Me senté a su lado.
—Todavía necesitas recuperarte. Pero podemos encontrar la manera de que te vea.
Su esposa se llamaba Lucía. Llegó aquella tarde con una bolsa de ropa limpia y la expresión agotada de quien lleva días imaginando una desgracia.
Cuando lo vio despierto, se quedó inmóvil.
Después se acercó a la cama y apoyó la frente contra la suya.