Mi compañera Teresa, que había ayudado a sostener a Mateo durante la crisis, me rozó el brazo.
Yo mantuve los ojos en la libreta.
No porque la disculpa me resultara insuficiente.
Porque había esperado tantas veces escuchar algo parecido que, cuando llegó, no supe dónde poner la emoción.
Después de la reunión, un residente me preguntó por qué nunca había mencionado mi experiencia.
Estuve a punto de decirle que no había encontrado el momento.
Pero ya estaba cansada de esconderme detrás de respuestas cómodas.
—Porque quería empezar de nuevo —le dije—. Y porque a veces resulta más fácil dejar que crean que eres poca cosa que explicar todo lo que has vivido.
El joven no intentó hacer otra pregunta.
Se limitó a darme las gracias.
Mateo tardó varios días en mejorar lo suficiente para que pudieran retirarle el respirador.