Sus ojos se llenaron de lágrimas.
“Y si nuestro hijo alguna vez se siente solo, dile que mire a Roco. Mientras ese perro esté a su lado, una parte de mí seguirá cuidándolo.”
Ahí tuve que detenerme.
No pude más.
Mateo se arrodilló junto a Roco y lo abrazó por el cuello.
—Papá sabía de mí —sollozó—. Papá pensó en mí.
Roco apoyó el hocico sobre el hombro de Mateo.
Y aquel gesto, tan simple, tan silencioso, terminó de rompernos a todos.
Ninguno de esos hombres rudos intentó ocultarlo. Lloraron sin vergüenza, sentados en mi salón, con las manos grandes apoyadas en las rodillas y los ojos llenos de recuerdos que no necesitaban explicar.
La carta continuaba.
Diego hablaba de mí. De cómo le gustaba verme preparar café por la mañana. De cómo decía que yo tenía una fuerza que ni yo misma veía. De cómo soñaba con volver y arreglar la vieja cuna que habíamos encontrado en un mercadillo.