Nunca me había sentido tan agradecida y tan destrozada al mismo tiempo.
El amanecer fue interminable.
Tenía frío, estaba agotada y temía quedarme dormida mientras sostenía a mi hijo.
A ratos escuchaba a Víctor llamando desde el pozo.
Otras veces solamente se oía el viento.
Cuando empezó a aclarar, intenté utilizar el teléfono de Ana, pero dentro de la casa no había señal.
Me acerqué con dificultad a una ventana.
Entonces escuché un motor.
Era una camioneta blanca que avanzaba lentamente por la brecha.
Golpeé el cristal con todas mis fuerzas.
—¡Auxilio! ¡Por favor, ayúdennos!
El conductor frenó.
Era un hombre de unos cincuenta años llamado don Ernesto, encargado de recoger leche de varios ranchos cercanos.
Cuando entró y vio a la doctora inmóvil y al recién nacido sobre mi pecho, comprendió que necesitábamos atención urgente.