Gabriel miró la pieza en su mano.
—Entonces compré de más.
Ella soltó una risa pequeña.
Era una de las primeras que él le escuchaba desde que la conocía.
—Don Gabriel.
—¿Sí?
Jacinta miró hacia la cerca donde tantas veces lo había visto detenerse sin atreverse a cruzar.
—Hace meses le dije que no sabía qué esperaba encontrar aquí.
—Lo recuerdo.
—También le dije que soy viuda.
Gabriel bajó la bisagra.
—Y yo sigo sin querer batirme en duelo con nadie.
Jacinta lo miró sorprendida.
Él sonrió.
—Perdón. Fue una broma mala.
—Muy mala.
—Puedo irme.
—No dije eso.
Gabriel esperó.
Jacinta abrió el portón.
No como quien necesitaba que alguien viniera a salvarla.
No como la viuda a la que un hombre ofrecía otra casa, otro apellido o una salida fácil.
Lo abrió porque ahora podía decidir quién entraba.
—Puede pasar —dijo.
Gabriel cruzó.
No hablaron de bodas.
No hicieron promesas grandes.
Durante mucho tiempo, lo único que compartieron fueron trabajos pequeños: reparar una cerca, separar semilla, revisar un ternero enfermo, preparar café antes de que saliera el sol.
Jacinta todavía visitaba la tumba de Mateo.
Gabriel nunca compitió con un muerto.
Quizá por eso ella empezó a verlo como alguien con quien podía construir algo que no borrara lo anterior.
Tomás volvió a trabajar por temporadas, aunque ya no aceptaba órdenes que no estuvieran claras.
Lucero envejeció en un potrero cercano a la casa.
Jacinta jamás volvió a ponerle la montura de Mateo.
El fragmento de cincha permaneció guardado durante el tiempo necesario como parte del caso.
Cuando finalmente se lo devolvieron, ella no lo colocó en una caja de recuerdos.
Tampoco lo quemó.
Lo llevó al cobertizo y lo dejó junto a las herramientas viejas.
Una tarde Gabriel preguntó por qué.
Jacinta pasó los dedos por el borde cortado.
—Porque durante meses esto fue la prueba de que alguien decidió por Mateo.
Luego tomó una tira nueva de cuero y comenzó a reparar una rienda desgastada.
—Ahora prefiero usar mis manos para algo que todavía pueda arreglarse.
Gabriel se sentó a su lado.
Lucero pastaba detrás de la cerca.
La casa seguía teniendo marcas de los años difíciles: una ventana reemplazada, madera distinta en el portón, cuentas que tardaron mucho en ponerse en orden.