—Puedo hacerlo.
—Ya sé.
—Entonces suéltalo.
Baltasar soltó el costal.
Después señaló el otro extremo.
—También podemos cargarlo entre dos.
Jacinta lo miró.
Durante años, que alguien reconociera su fuerza había significado que recibiría más trabajo.
Con Baltasar empezaba a significar algo diferente.
Que podía ser fuerte sin tener que demostrarlo cada minuto.
El invierno llegó temprano.
Una mañana encontraron nieve ligera sobre las piedras del sendero y Jacinta salió con el abrigo grueso que Baltasar le había puesto encima durante su primera noche en la montaña.
Acomodó leña bajo el alero, alimentó a los caballos y volvió a entrar con las mejillas rojas por el frío.
Sobre la mesa estaba la pequeña pepita que había encontrado junto al arroyo.
Baltasar la había colocado al lado de una bolsa de harina recién abierta.