—Vive, hija.
Las lágrimas me impedían ver con claridad.
—Viaja. Trabaja. Enamórate otra vez si algún día lo deseas. Pero no sigas esperando que Julián se convierta en el hombre que tú mereces.
Mercedes levantó una pequeña fotografía.
Era de nosotras dos.
—Gracias por ser mi hija cuando mi propio hijo olvidó cómo ser familia.
La pantalla se oscureció.
Me quedé llorando durante varios minutos.
Cuando finalmente levanté la cabeza, supe lo que tenía que hacer.
No iba a destruir la vida de Julián.
No iba a buscar a Daniela para enfrentarla.
Tampoco iba a organizar un escándalo.
Simplemente iba a recuperar mi dignidad.
Contraté a una abogada especializada en derecho familiar y societario.
Le entregué los documentos.
Le expliqué la situación.
Y le pedí que preparara mi divorcio y revisara mis derechos patrimoniales.
Durante las semanas siguientes reunimos pruebas, revisamos registros y solicitamos copias certificadas.